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PALABRAS MÁS, PALABRAS MENOS

¿Cualquier acuerdo es un acuerdo válido? ¿qué pasa si es en contra de la voluntad y deseos de nuestros votantes?



Hace unos años, con motivo de las elecciones intermedias de 2021 redacté un artículo estrictamente relacionado a la falta de valor que la palabra tenía en la política y como la misma política era la encargada de destruir su confiabilidad en función de su construcción discursiva.


No quiero entrar con esto en la teoría de la construcción del relato político, sino más bien en la sostenibilidad de esos relatos, esos discursos y los compromisos. La crisis de representación política que nació en el año 2001 con el “que se vayan todos” no era solamente el símbolo del hartazgo, sino también de la construcción política de una oposición despiadada que, ante la crisis, construyó una oportunidad para volver al poder.


En el 2019, esa misma oposición tenía un solo objetivo, volver al poder. No existía en el pensamiento de esa oposición la construcción de fundamentos, ni mucho menos la proyección de soluciones a los problemas que atravesaba el país. En el 2001 se orquestaron saqueos y piquetes y en el 2019 la demolición simbólica del Congreso de la Nación.


La palabra estuvo ausente. Jamás, por la mente de alguno de los dirigentes que celebraron políticamente las situaciones mencionadas, existió la posibilidad de interpretar los alcances del daño en materia cultural. Mucho menos que el fundamento del poder, no podía ser el poder mismo. Esa ausencia de valores y sustentación ética jamás pueden construir al poder en un elemento transformador, sino más bien en la mera aplicación de fuerzas. Solo quedaría preguntarse si el objetivo es solamente aplicar la fuerza del poder, ahí ya es otro el problema.


La argentina de la desconfianza y el descredito, como así también de la desesperanza y la falta de rumbo, son el resultado directo de un ejercicio del poder insano y sin ningún tipo de planificación. Ahí es donde la profundización de la crisis que no sólo es económica, sino también cultural y de valores, termina profundizándose y formando parte de la cultura nacional. Nos llama la atención una noticia donde una persona sale de la pobreza estudiando o trabajando, como nos llama la atención una noticia de una persona que encuentra algo ajeno y lo devuelve. La crisis cultural es absoluta.


No hay dudas en que la única forma de salir de semejante crisis es atacar el problema de raíz con la mayor cantidad de herramientas posibles, sabiendo que el proceso de transformación además de ser prolongado será doloroso y va a cortar con muchísimos privilegios. Claro, es difícil en una argentina donde todos gozan de al menos un privilegio injustificable.


No hay proceso de reconstrucción posible, si la política no tiene valor en sus palabras. La lucha desmedida por el poder tampoco puede estar signada por la especulación política, la voracidad y el personalismo. En ese marco, sólo podrán construir confianza quienes asuman el compromiso de cumplir con el rol al que se han comprometido con sus votantes. El qué y el para qué, no pueden ser meros trampolines para otras pretensiones.


El segundo paso, es que, el por qué y el para qué deben estar claramente determinados a las ideas y proyectos a representar. Motorizar el cambio desde la palabra, pero construir puentes con quienes han sido responsables de dinamitar la argentina no es una buena señal, si pensamos que un alcohólico puede recuperarse de su adicción dando cursos de cata. En otras palabras, quienes han sido aval y sustento para los procesos de demolición, no pueden ser los encargados, ni los voceros de la reconstrucción. Sobre todo cuando no tuvieron en cuenta el daño cultural, social y económico que generaron en la identidad nacional.

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